LA CUMBRE DE BARCELONA Y EL CRECIMIENTO ECONOMICO DE EUROPA
Europa viene registrando un crecimiento medio anual en el entorno del 2,5% desde 1985, lo que en general no ha permitido progresos significativos en la reducción de la tasa de paro, que después de tantos años desde que se considere superada la gran crisis de finales de los setenta y principios de los ochenta, sigue en el 7,7%, y sobre todo en la convergencia en renta con Estados Unidos de cuya renta nos encontramos en un modesto nivel del 65%. Y es que frente a ese gris desempeño económico, Estados Unidos ha registrado sobre todo desde mitad de los noventa un crecimiento económico envidiable, superior al 4% hasta la última recesión que estaría a punto de remontar, y aun con este revés su tasa de paro es actualmente del 5,5%.
Por eso en Europa en estos últimos años se extiende la impresión de que hay que hacer algo al respecto, y a partir de la cumbre de Lisboa incluso presumimos de que tenemos una estrategia y un calendario de reformas para afrontar la situación. ¿Pero, realmente los tenemos?
Para comenzar dando una pista, habría que recordar algo que últimamente se olvida y es que antes de la gran crisis y el paro masivo de los ochenta, la situación en la comparación entre Europa y Estados Unidos era justamente la contraria: en la época dorada del crecimiento, los registros de resultados europeos eran francamente superiores a los americanos. La pérdida de memoria en este punto no es del todo inocente: si la receta actual para Europa es más flexibilidad a la americana, habría que explicar por qué en el pasado aquella Europa llena de rigideces batía ampliamente los resultados del capitalismo americano. Seguro que hay respuestas, o por lo menos contestaciones: los tiempos han cambiado y en el nuevo entorno global los viejos esquemas ya no funcionan, etc. Pero en realidad, a nada que uno se pare a considerarlo a fondo, comienza a sospechar que en la forma europea de plantear el debate es parcial y tiende a olvidar cosas fundamentales, por ejemplo, ya que tanto se mira al ejemplo americano, por qué no pararse un momento a pensar sobre la forma de conducir las políticas monetarias y fiscales.
Greenspan sí, pero aquí no
Greenspan es un tipo admirado pero no emulado; al menos no en el continente europeo. La comparación racional de las políticas europea y americana sobre un mismo cuerpo de teoría, supone poco menos que la cuadratura del círculo. Con unas tensiones inflacionistas parecidas (USA tiene un inflación subyacente del 2,4%), con un recesión que va con retraso respecto a la de Estados Unidos, con la expectativa de que los precios estarán claramente por debajo del 2% a finales de año, si de algo se habla en Europa estos días es que hay que empezar a pensar en subir los tipos de interés.
Situación comparada actual de la Unión Europea y Estados Unidos
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PIB IV2001 |
Inflación Subyacente |
Tipo intervención B. C entral |
Tasa paro |
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Estados Unidos |
1,4 |
2,4 |
1,75 |
5,5 |
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Unión Europea |
-0,1 |
2,3 |
3,25 |
7,7 |
Es verdad que el súbito cambio de expectativas en USA ha transformado rápidamente la curva de rendimiento plazo, pero es que Europa da la impresión de que se apunta a las subidas sin haber practicado las bajadas, y que no tiene en cuenta que unos tipos de interés a largo entre el 5% y 6% y consecuentemente con tipos reales del 3,5%, están muy por encima del crecimiento de la productividad, incluso de los países más inflacionistas y de mayor crecimiento como España.
Alguien podrá pensar que la política fiscal compensa la situación; pero la realidad es que mientas Estados Unidos siguiendo una política discrecional ha invertido bruscamente su saldo presupuestario superavitario producto del alto crecimiento económico en déficit para el IV trimestre (con una crecimiento real de la demanda pública del 10% y una previsión de déficit de 106.000 millones de dólares para 2002), en Europa son las circunstancias económicas las que han cambiado el saldo hasta el -0,6% del PIB, y se recomienda el ajuste y el equilibrio presupuestario a más tardar para 2004, cuando la mayor economía de la Unión tiene un déficit cercano al 3% y las perspectivas no son precisamente de un alto crecimiento. La política fiscal está secuestrada en Europa por la política monetaria, y ésta regida por una concepción que ha renunciado a cualquier objetivo económico que no sea una extremada obsesión por la estabilidad de precios, algo que precisamente las más de las veces no está en sus manos conseguir sino a base de ocasionar grandes pérdidas de renta y empleo. En estas condiciones está claro que si la recuperación llega a Europa vendrá en barco, y desde luego que nunca podrá aspirar a unos resultados notables ni en el corto ni en el medio plazo.
La perspectiva crítica anterior es la que corresponde al pragmatismo anglosajón que nunca ha entendido al Banco Central y a las autoridades europeas. Pero aquí en Europa como nadie espera nada de la política económica de siempre - política monetaria y política fiscal- porque es pasiva y va a remolque de los acontecimientos, tenemos que encontrar algún sucedáneo. Sorprendentemente, nadie oye hablar a Bush o a Greenspan de reformas estructurales. Ellos se dedican a otra cosa, a programas de gasto y atrevidas bajadas de tipos, pero claro la explicación oficial consiste en decir que éstos últimos funcionan porque las reformas no son necesarias en la economía más flexible y competitiva del mundo; la misma que tiene un gigantesco déficit corriente e impone restricciones al comercio de acero.
El placebo de la cumbre de Barcelona
Mientras Europa espera el remolque del barco americano, que según parece ya marcha al 3% en el comienzo del año, algo debe decir acerca de su contribución a la recuperación económica. Nada de gasto, nada de tipos, no. La recuperación es un hecho se concluye en Barcelona, así que la cumbre se recrea en el redescubrimiento y traslación al ámbito de la Unión del gran argumento de las políticas estatales de los últimos años: las reformas estructurales. Cierto que en su planteamiento tiende un puente de conexión con el mercado único; pero el argumento ahora viene dominado por políticas estatales de liberalización de los mercados de bienes y de trabajo, y no por el paciente, lento y difícil trabajo de superación de lo que un día se llamó el coste de la no Europa. El propio Consejo de Barcelona reconoce que sólo siete estados han cumplido los compromisos de trasposición de las directivas del mercado interior, quizá por eso la estrella de la cumbre haya que buscarla en otro lado.
A la postre sin embargo, los procesos de liberalización dependen de las legislaciones estatales, por eso después de la cumbre seguirán más o menos en el punto en el que estaban, sobre todo en un aspecto tan sensible como el mercado de trabajo. Predominarán las recomendaciones, pero poco más, como indica bien a las claras que uno de los grandes éxitos españoles de la llamada cumbre de la energía sea el aumentar la interconexión eléctrica hasta el 10%, en un mercado en el que lo más que podemos hacer es soñar que un día llegaremos a cambiar de suministrador.
Las ganancias de productividad del gran mercado eran y son uno de los grandes argumentos de la Unión, los deseos de construir una economía del conocimiento y de promover la investigación y la innovación son loables; pero poco se sabe de cómo se va a avanzar por ese camino, y no promete especialmente mucha credibilidad el hablar por ejemplo de un objetivo de alcanzar el 3% de esfuerzo en I+D, cuando el país anfitrión está en el 0,9 y destaca por una política que ha suscitado innumerables críticas en este campo.
Vamos a ser sinceros: se está abandonando el gran argumento del mercado único, que es donde de verdad estaban las ganancias de productividad esperadas, por el de las denominadas reformas estructurales, por la misma razón que se está abandonando una concepción de Europa que avanzó en los ochenta por un retorno a las políticas estatales. Ahora Europa funciona como una fuente de legitimación más para flexibilizar los mercados, lo mismo que antes favoreció una estricta idea de la estabilidad presupuestaria, que España ha llevado hasta el sinsentido de la Ley de Estabilidad.
Pero con todo este panorama el objetivo de conseguir el pleno empleo para el final de la década no deja de ser una proclama de buenas intenciones. Lo que Europa está hoy en condiciones de ofrecer a la economía es un placebo en forma de discurso sobre esa carrera eterna hacia la flexibilidad de los mercados. Ahora bien, a menos que la economía europea sea un enfermo imaginario o que el barco americano venga al rescate, lo cierto es que no hay grandes esperanzas de que ese proyecto de alto crecimiento y desarrollo se haga realidad. En el mejor de los casos, seguiremos en el 2% o 2,5% de crecimiento y las economías que hemos estado creciendo por encima de esas cifras deberemos hacer un esfuerzo para no perder las ventajas competitivas que hemos adquirido por la favorable relación de intercambio en el acceso a la Unión Monetaria y por las políticas públicas de acompañamiento de la industria. Después de todo, "la recuperación ha comenzado" y hay que confiar en que el barco americano no vuelva a navegar en aguas turbulentas.
21 de marzo de 2002
Alberto Alberdi Larizgoitia