Reconstruir el análisis económico. Una reflexión sobre el libro de Steve Keen:
"Debunking Economics. The Naked Emperor of the Social Sciences", .
Steve Keen.Pluto Press 2001. ( www.debunking-economics.com)

¿Saben realmente los economistas lo que se traen entre manos? Un provocativo anuncio para la contraportada de un libro, que aunque pretende lograr el favor de un público amplio, es lo suficientemente difícil de leer para quedar circunscrito a los economistas.Y todo ello viniendo de un economista académico que está por lo tanto en el corazón de la profesión. Los economistas saben de qué hablan, el comentario en este sentido es algo cruel; pero Steve Keen también sabe, y muy bien, de lo que habla en este libro de imprescindible lectura para la formación de cualquier economista.

Si de algo adolece la enseñanza actual y la profesión en general es de una clamorosa falta de pluralismo y de sentido crítico. En los años setenta cuando yo me formé, se confundía esa demanda de pluralismo con presuntas tendencias izquierdistas entonces en boga, particularmente con el marxismo, en lugar de admitir que existía una absoluta necesidad de proporcionar a los estudiantes un horizonte más amplio que los ortodoxos modelos cerrados de los libros de texto. El despropósito llegó a tal extremo que durante años la asignatura de Pensamiento Económico estuvo ausente del diseño curricular: yo no llegué a estudiar formalmente nunca esa materia.

Como Steve Keen, reivindica en muchos pasajes de su libro, es importante que los estudiantes sepan quien es Sraffa, o cuál fue el contenido de la controversia del capital entre los dos Cambridge, o que sepan, también en palabras de Keen, que Marx es tremendamente relevante, aunque la mayor parte de los marxistas no lo sean. Todo eso y muchas cosas más no las encontrarán en sus libros de texto, pero sí en este libro desmitificador de algunas de las partes centrales del cuerpo de doctrina ortodoxa que hoy todavía se enseña en las facultades.

Una de las cosas importantes que aprenderá el lector a lo largo de casi todos los capítulos, porque es la clave de su enfoque, es la importancia de los supuestos. Yo lo aprendí tardíamente leyendo concienzudamente a Keynes, quien agudamente advertía que las fallas del modelo clásico ( neoclásico) habían de encontrarse en los supuestos sobre los que estaba construido el edificio que por lo demás había sido cuidadosamente levantado. Tremendo cambio de perspectiva respecto a la pintoresca teoría de Friedman sobre la irrelevancia de los mismos y su énfasis en la sola importancia de su valor predictivo. Es posible que uno se pregunte ahora cómo personas sensatas podían dar crédito a semejante enfoque metodológico; pero lo cierto es que los Ensayos de Economía Positiva fueron uno de los primeros libros de economía de mi biblioteca más allá de los libros de texto, y que su influjo en ése y en otros aspectos como la teoría monetaria fueron parte esencial de la formación de los setenta y de la política y de la práctica profesional de los ochenta: todavía están tibios en Alemania y en el Banco Central Europeo los rescoldos de aquel fuego monetario lleno de emes( M1, M2, M3..) en las que acabó perdido todo el mundo.

A partir de aquella formación hubimos de librar una ardua tarea por escapar de un corsé doctrinal que no ofrecía ni coherencia ni valor predictivo y que como bien decía Keynes sobre los clásicos,su principal fortaleza residía en esas enseñanzas insípidas que invitan a sobrellevar con resignación un estado de cosas producto de la política haciéndolo pasar por la insoslayable naturaleza de las cosas. En la larga lucha por escapar a aquel pobre panorama de las productividades marginales, de los fondos prestables y del modelo IS-LM, como paradigma central, nos volcamos en la exégesis de Leijonhufvud, primero, y sobre todo, redescubrimos al mismo Keynes en su integridad, desde el Tratado y el Tract hasta sus imprescindibles aportaciones posteriores a la Teoría General, que nos estimuló para volver sobre algunos de sus coetáneos y primeros seguidores como Robinson, Kaldor y Kalecki... Ya al borde los noventa, el auténtico renacimiento de la literatura postkeynesina constituyó un gozoso descubrimiento, (Eichner, Davidson, Kregel, Pasinetti, Chick, Minsky, Moore, Lavoie, Arestis, Wray...y tantos otros), convirtiéndose en una nave en la que hoy todavía navegamos, pero que aparece ya abierta a nuevos influjos revitalizadores como el de la escuela francesa del circuito económico, que por un venturoso azar se está inflintrando en Estados Unidos via Canada y sus economistas francófonos.

Para los economistas ortodoxos esa deriva hacia la heterodoxia es difícil de comprender, y poco menos merece el reprochce de algo así como la ignorancia de la verdadera doctrina y de los nuevos ortodoxos, cuya obsolescencia por cierto lleva velocidad creciente. Por supuesto, eso que es cierto en su caso respecto a las corrientes heterodoxas, no lo es en el caso de los economistas académicos, como bien demuestra Steve Keen, porque hay que saber muy bien la teoría como el la sabe para ponerla patas arriba de la forma en que lo hace. Pero no hace falta ser economista de la academia; pues incluso yo debo decir en mi descargo que cuando hace más de una década me interesé por los textos que entonces se enseñaban en las facultades descubrí con asombro que las cosas habían ido a peor: tomando como ejemplo relevante la Macroeconomía de Robert Barro, 1991, podía leer cómo en su texto se decía que la economía keynesiana era una cosa complicada para estudios avanzados, cómo se tomaba por un hecho incontrovertible la traslación de la carga de la deuda a las generaciones futuras, el tópico tan manido como erróneo, que tanto se repetía en las lecciones de Hacienda Pública, y cómo para colofón en sus páginas se explica como modelo general lo que llama "el equilibrio de mercado", que no era sino una vuelta insulsa al paradigma que nosotros aprendimos como clásico. Es decir, exactamente ése modelo que aparece dominado por el mercado de trabajo, y cuyas implicaciones Galbraith resumía diciendo que los pobres no trabajan lo bastante duro (están en paro) porque se les paga demasiado y los ricos no trabajan lo suficiente porque no se les paga bastante, y a las que veladamente aludía cuando me refería a Keynes hablando de los clásicos. Es el cuerpo doctrinal que con sofisticaciones diversas, en torno a las expectativas racionales y la futilidad de las políticas, a instrumentos como la curva de Phillips y la tasa natural (¡ otra vez Friedman ¡) o en su versión menos extrema a las rigideces y las asimetrías de información ha sido preservado hasta la fecha.

Con todo esto quiero recordar al lector más joven, que la lucha por escapar de una formación doctrinaria es larga y difícil, porque como dice Pasinetti refiriéndose a sí mismo " me llevó un proceso doloroso y largo en el tiempo liberar mi mente de los modelos de pensamiento que me habían enseñado". Y es que no sólo se trata de aprender cosas nuevas sino de abandonar los esquemas viejos que el joven economista llevará pegados a la piel; y que a menos que cuestione en tiempo debido le acompañarán eternamente por aquello de la "dependencia de la senda", y de que cuando se ha recorrido mucho camino es muy duro volver sobre los propios pasos para tomar otro nuevo.

Toda esta digresión tiene además una relación directa con el libro. En efecto, Keen hace una crítica corrosiva de la teoría convencional que es más fácil de entender a menudo desde las aportaciones de corrientes de pensamiento heterodoxas, y entre ellas ocupa un lugar destacado la postkeynesiana, aunque, como veremos, el auténtico héroe es Piero Sraffa. El desconocimiento de las mismas requiere del lector un actitud abierta para beneficiarse de la impresionante ayuda que el libro significa para desenmascarar algunos clamorosos errores de planteamiento de la doctrina establecida.

Por otro lado, la digresión me sirve también para apuntar ya desde ahora, lo que el libro no hace, pero es que es extremadamente importante, y que me ha llevado a llevar mi reflexión sobre él a la necesidad no ya de deconstruir el aparato actual de la economía sino de reconstruir el análisis en positivo como única vía para que se abra paso en la opinión pública y en el pensamiento del hombre corriente. Vayamos pues a iniciar ese recorrido que nos lleve desde la crítica hasta apuntar las vías de salida hacia un nuevo paradigma, comenzando por hacernos eco de algunas de las conclusiones el libro.

La demanda agregada

De entre las muchas cuestiones clave de la economía convencional, podemos empezar con la teoría del consumidor, y los problemas de la agregación de las curvas de indiferencia individuales para obtener una demanda agregada. Cada individuo tiene un presupuesto y unos gustos;y si se cambia el conjunto de precios no sólo el peso de cada individuo cambia sino que no hay manera de decir cómo influye ello en la utilidad total. El mapa de utilidad social depende de la distribución de la renta, por lo que la agregación requiere, bien que se fije la distribución de la renta y que las curvas de Engel (relación del consumo con la renta) tengan una pendiente constante; o alternativamente, que todas las curvas de Engel tengan la misma pendiente y que sea constante. El estudiante que, después de muchas matemáticas, ha leido entre las líneas del texto de Varian que "la función de demanda agregada no posee en general propiedades interesantes", debe saber que eso significa que no existe más que un tipo de bienes, (pendiente constante) no hay bienes de primera necesidad ni de lujo, y que aunque todos somos individuos en realidad todos somos uno: tú gastas el último dólar de tu renta exactamente de la misma manera en que lo haría Bill Gates ( hay que elegir entre la pizza y el manuscrito de Leonardo). Las conclusiones críticas son obvias e imprtantes: la sociedad es algo diferente a los individuos, la teorìa no puede predicar del sistema sus virtudes de maximización de la utilidad individual, debido a ello las funciones agregadas pueden presentar cambios importantes en su forma, y en definitiva, como apunta Kirman, si queremos progresar, deberíamos definir las funciones de demanda y gasto a un nivel razonable de agregación, abandonando por supuesto la perspectiva individual. Esta es por lo tanto una primera e importante conclusión que entronca con una perspectiva de raigambre clásica que busca analizar el sistema económico mediante categorías o grupos, como empresarios, trabajadores, banqueros y rentistas...y que es tan poco del gusto del análisis convencional como absolutamente imprescindible si se quiere avanzar.

La teoría de la producción

El segundo de los temas es más interesante aún, pues va al corazón de esa insulsa modelización clásica que descansa en las curvas de oferta y demanda del mercado de trabajo. Aquí es cuando Sraffa entra en escena. Debe de existir un pequeño duende en las editoriales de libros de texto que consigue que los diagramas representativos de la producción de la empresa aparezcan siempre de forma que su parte relevante sea aquélla en la que los costes marginales son crecientes, de forma que se enfatiza así el análisis de la productividad marginal que concluye que la curva de oferta es la curva de costes marginales a partir del punto en que cruza a la de costes variables medios.Sin embargo, una reproducción fiel de las ecuaciones de coste, nos daría una realidad bien distinta, a saber: que en una gran parte de la función los costes marginales decrecen primero y son estables después, y que sólo en una posición muy extrema comienzan a ascender. La razón de ello está en que la teoría neoclásica pretende que el diseño eficiente de las empresas supone que operan a partir de un punto de casi plena capacidad, y que por lo tanto cualquier aumento de la oferta lleva aparejada una subida de precios pues opera un mayor uso de un factor sobre una cantidad fija del otro, esto es, que existe una productividad decreciente del trabajo que a la postre es donde descansa todo el edificio necoclásico. Pues bien, Sraffa, gran conocedor del origen clásico de los rendimientos decrecientes disputa esta conclusión desde diversos puntos de vista.

Primero, porque en la teoría clásica los rendimientos decrecientes no se debían al carácter limitativo del factor tierra sino a las diferentes calidades de las mismas, mientras que en la producción industrial es posible desviar dotaciones del factor presuntamente limitativo a medida que se requiere, con lo que no se está ante el escenario clásico. Segundo, porque las plantas están diseñadas para operar con exceso de capacidad sin que ello impida que se busque la eficiencia en cada nivel de producción. Según Sraffa, las empresas no están constreñidas por las condiciones internas de producción de cara a elevar su nivel de actividad, sino por limitaciones de demanda y por la dificultad de absorber una parte mayor de la misma sin reducir los precios ( además de previsiblemente por otros factores como la disponibilidad de crédito o los costes del marketing).

Aparte de otras críticas que se pueden hacer a la existencia de una función de producción neoclásica, estamos claramente ante una disputa que en el fondo versa sobre los supuestos de la teoría. ( nunca se insistirá lo bastante en la importancia de los supuestos) A favor del enfoque neoclásico se puede decir que parece lógico que se busque la plena utilización de la capacidad; pero en su contra se puede decir que su descripción de los hechos se aparta totalmente de la realidad.Todo el mundo sabe que las factorías raramente superan el 80% de utilización de la capacidad productiva, por no hablar de las actividades de servicios como la hostelería y otras en las que la capacidad excedente es aún mucho mayor. Debido a ello, nos encontramos con unos beneficios fuertemente crecientes en momentos de fuerte alza coyuntural, en los que se diluyen los costes fijos, y por eso también son especialmente delicados los momentos de recesión, incluso aunque se pueda ajustar la fuerza de trabajo. Esto que cualquiera que haya conocido una empresa por dentro sabe, es ignorado por la teoría, que en este caso hace honor al chiste que cita Keen de que un economista es alguien que ante la evidencia que le muestran de que algo "funciona en la práctica", pregunta: ¿sí, pero "funciona en teoría"?. Lo que además ocurre es que la práctica en este caso no es sólo real, sino que es racional, porque sólo desde una ausencia total de incertidumbre es posible diseñar las factorías para que funcionen a plena capacidad, máxime ante la perspectiva de una demanda creciente en el tiempo. El lector comprenderá a partir de este debate porqué la teoría necoclásica obtiene a partir de aquí toda clase de sombrías previsiones sobre la posibilidad de utilizar la política económica para estimular la actividad, o teorías como la de la tasa de paro natural, que "demuestran" que el estímulo no hará más que crear inflación porque en el fondo parten del supuesto de que la economía ya está a plena capacidad.

Sólo falta la otra hoja de la tijera, la de la demanda de trabajo, que el libro de Keen aborda también críticamente, para completar al panorama concluyendo además que no existe paro involuntario sino que los salarios reales no permiten una expansión del empleo para la decreciente productividad marginal del trabajo, que es lo mismo que Galbraith expresaba de forma bastante más inteligible como veíamos más arriba.

De este apartado nos interesaría por lo tanto retener dos conclusiones, la primera, que las industrias funcionan normalmente con rendimientos constantes y que no es necesario reducir los salarios para expandir la producción ( ello por no entrar en el argumento de lógica keynesiana de que las reducciones de salarios reducirían la demanda, etc.), la otra, que las industrias están constreñidas en su producción por la demanda, algo que como veremos más tarde Sraffa pareció olvidar en el paso de su artículo de 1926 hasta su Producción de mercancías por medio de mercancías, en 1960.

La teoría del capital

Sraffa vuelve al primer lugar de la escena otra vez con la crítica de la teroría del capital. La pregunta más inocente y más endiablada que un estudiante puede hacer acerca de la teoría de la producción es ¿qué es K?. Es decir, todos sabemos que el trabajo se puede medir en horas; pero el capital, qué es exactamente lo que representa: ¿máquinas? ¿dinero? La propuesta de Sraffa al respecto es sin duda razonable e ingeniosa: dado que las máquinas y los terrenos no tienen nada aparentemente en común, reduzcamos todo el capital a cantidades fechadas de trabajo. El equipo capital depende así del salario, del tipo de beneficio y del número de años del que data, describiendo beneficios y salarios una relación descendente que se denomina fontera de salarios-precios. Pues bien, el problema reside en que en esa transformación a cantidades de trabajo más beneficios acumulados, hay un término - el salario -que se relaciona con el valor del capital negativamente (opuesto al beneficio), y otro, la tasa de beneficio elevada al número de años de que se trate, que guarda lógicamente una relación positiva, siendo así que el valor aumenta con la tasa de beneficio pero desciende a medida en que la máquina sea producida a mayor distancia en el tiempo. La relación entre el beneficio y el capital no sólo no responde a la teoría neoclásica sino que contrariamente es el propio valor del capital el que depende de la tasa de beneficio.
De este esquema surgió la consecuencia posible del "retorno de las técnicas", ya que una técnica dada podía dejar de ser rentable cuando subía la tasa de beneficio para poder volver a serlo a un nivel más elevado. Una vez se ha desentrañado la naturaleza de K, una técnica es trabajo intensiva o capital intensiva dependiendo de la tasa de beneficio, con lo que la teoría de la productividad marginal del capital quedaba arrumbada para siempre.
Después de haber presentado en forma muy didáctica el debate sobre la teoría del capital, Keen concluye que la distribución de la renta es una cuestión social. Pues bien, habrá que profundizar que quiere decir esa expresión, porque lo que sí está claro es que Sraffa no arroja ninguna luz sobre cuáles son los determinantes de la distribución, ya que recurre al expediente de una tasa uniforme de beneficio que se carga en todas las producciones para determinar el coste total. Habría que recordar aquí al propio Keen la importancia de los supuestos y que él mismo concluye censurando a la escuela neoclásica por considerar al capital como "una masa amorfa que puede ser trasladada sin coste de la producción de una mercancía a la de otra". Efectivamente, el capital no tiene esa movilidad y la realidad muestra las claras diferencias de rentabilidad del capital de unas industrias a otras.
Precisamente, en este punto se dejan ver algunas de las insuficiencias de la crítica a la teoría neoclásica: el recurso a una tasa uniforme de beneficio ha liberado a Sraffa de otorgar a la demanda un papel en su teoría. Contrariamente a su propia percepción de 1926, se ha olvidado de que la producción de la industria está limitada por la demanda y no por los rendimientos decrecientes; y es precisamente la ausencia de la demanda la que le priva de contar con una teoría del capital. El problema no es exclusivo de la escuela sraffiana, es común a todas las críticas al paradigma neoclásico, singularmente la del propio Keynes y de la escuela postkeynesiana, y es seguramente un elemento explicativo de primer orden de porqué con tantos argumentos de peso la teoría neoclásica no haya sido arrumbada definitivamente. La idea de la carencia de una teoría del capital como laguna fundamental del pensamiento de Keynes creo haberla tomado de Pascal Bridel (Cambridge Monetary Thought, 1987), e invito al lector interesado a considerarla dentro del contexto del Capítulo I de mi tesis doctoral, incluido en este mismo sitio.
Sobre este punto tan importante vamos a volver al final, porque reaparece en las conclusiones del apartado siguiente que no en vano tiene que ver precisamente con el problema de la demanda.

La ley de Say

Bajo un capítulo que se refiere a "La suma de las partes", Steve Keen aborda el viejo problema de la demanda y la ley de Say, con aciertos indudables de exposición por la amplitud de su visión pero perdiéndose finalmente en el camino sin sacar ninguna conclusión. Si Keynes carece de una teoría del capital es porque carece de un planteamiento acertado del problema de la demanda, por eso debo apuntar que el primer indicio del fracaso lo da ya el subtítulo de ese capítulo 9: Porqué las críticas de Keynes a la economía convencional son todavía relevantes hoy. La crítica de Keynes en el campo de la demanda a la teoría clásica, como bien apuntara Harrod fue taxonómica - dividir la renta en consumo e inversión - para a partir de ahí desarrollar el mecanismo del multiplicador. Su resultado puede considerarse brillante en lo que supone la alteración de la visión de la causalidad entre ahorro e inversión en favor de esta última; pero la magia del multiplicador esconde uno de los más clamorosos errores de la teoría moderna. Paradójicamente, Keynes parece haber triunfado en el error del multiplicador ( censurado bien tempranamente por los suecos) y fallado en el acierto de su perspicaz concepción del ahorro y la inversión en una economía moderna, desconocida por la mayoría de los economistas actuales.( Véase El proceso ahorro inversión en una economía moderna: el caso de la economía vasca). En definitiva, la teoría de la demanda efectiva no iba mucho más allá de las conclusiones que ya se encontraban en Wicksell y en otros de que la demanda podía ser insuficiente por fenómenos de atesoramiento, lo mismo que podía ser estimulada por el crédito.
Es imposible desgranar aquí siquiera brevemente los argumentos acerca de las insuficiencias de la Teoría General y la crítica al multiplicador, por lo que remito al lector interesado en este punto al Capítulo II de mi tesis incluido en este sitio.
Pero vuelvo al capítulo 9 para hacerme eco de cómo en el mismo se llama la atención sobre la crítica de Marx a la ley de Say, que - esta sí - pone el dedo en la llaga al preguntar cómo es posible que los capitalistas saquen del mercado más de lo que ponen en él. Marx efectivamente está lleno de penetrantes observaciones sobre este problema ayudado por su visión del circuito económico ( Dinero- Mercancías- Más Dinero) de la que incluso se hizo eco de forma indirecta el propio Keynes.( Ver las citas recogidas en el citado Capítulo II)
Steve Keen no llega a apreciar la desigual perspectiva y profundidad de la crítica de Marx, que antes se puede rastrear en Sismondi, y luego en otros de sus seguidores ( Rosa Luxembourg, Kalecki) equiparándola a la de Keynes.
Tomando como hilo argumental los borradores de Tilton de 1933 (verdadero regalo inesperado de los dioses) creo que se puede probar que el enfoque de la economía empresarial - próximo a Marx - que Keynes manejaba entonces era un camino mucho más provechoso que nuestro genial economista no llegó a transitar completamente a falta de una intuición básica acerca del origen de la desigualdad de las rentas y la producción en una economía empresarial, tan evidente a los ojos de Marx. La economía empresarial transita por un difícil equilibrio, porque las rentas que los empresarios lanzan al mercado son insuficientes para retirar la producción con beneficios, de manera que recogiendo una vieja intuición de Jevons se puede decir que en una economía cerrada son las propias inversiones de largo periodo de maduración las que ayudan a la realización con beneficios de las que lo tienen más corto. O trasladándose a un esquema más complejo que ese papel lo tiene que cumplir a veces el sector público o el sector exterior.
Como el capítulo 9 plantea el problema, pero lo abandona irresuelto para centrarse en una crítica del modelo IS-LM, le sugiero que continúe con un texto que desarrolla esta línea de pensamiento consultando en unas breves páginas el meollo de Tasa de beneficio y crecimiento económico. El sencillo modelo AL que se propone de una mercancía es muy limitado pero tiene al menos la virtualidad de mostrar que la tasa de beneficio está condicionada por la demanda, y de que su relación con los salarios no es ni la del modelo neoclásico ni la de Sraffa. Los salarios creciendo por encima del nivel de productividad son inflacionistas; pero al alimentar la demanda en su supuesto más básico, no hacen mella en los beneficios. Estos últimos por lo demás son dependientes de la demanda y sólo ante aceleraciones de la misma crecen nominalmente basados en mayores precios.
Sobre la base de esas intuiciones, parece que se puede iluminar la cuestión de que la distribución de la renta es una cuestión social. Social debe entenderse como resultante del contexto institucional, no como resultante de una lucha de poder en la que cualquier resultado es posible. Los beneficios dependen globamente de la demanda,( recordemos a Sraffa 1926) no del nivel que puedan escoger los emprendedores como deseado; los salarios dependen de la productividad, y aunque sí pueden empujar por sí mismos exógenamente al alza, la previsible consecuencia es que alimentan la demanda y desencadenan una inflación de beneficios.

Ideas para reconstruir la economía

Esta reflexión tiene que acabar apuntando algo de lo que prometía el título. Steve Keen ofrece una crítica bien informada, que no lo aborda todo ( la teoría del dinero, no la de los mercados financieros, se echa en falta), y que no conforma un cuerpo alternativo de teoría. Nos recuerda lo que debemos abandonar por constituir paradigmas arrumbados; pero no nos inserta esas críticas dentro de un paradigma nuevo que nos ayude a entender el mundo. Como la división del trabajo funciona, hay desde luego autores, que más que en la crítica se han centrado en la exposición de una alternativa. Como algún lector puede esperar referencias, me atrevo a sugerir Foundations of Postkeynesian Analysis de Marc Lavoie y Post Keynesian Macroeconomic Theory de Paul Davidson.
Esos y otros muchos textos son contribuciones importantes, pero la verdad es que se encuentran lejos de haber consolidado un cuerpo coherente, sobre todo, creo yo, porque sigue faltando una teoría del capital, que en mi opinión debe surgir de un enfoque de desequilibrio de producción y rentas en el que la demanda juega un papel clave. Además de ello, las lecciones de Sraffa sobre las condiciones de la producción y los rendimientos constantes, las de la necesidad de razonar sobre grupos sociales más que sobre individuos, son otras ideas a tener muy en cuenta para abordar la tarea pendiente de reconstruir un cuerpo coherente de análisis económico.
Por lo demás, debo finalizar diciendo que "Debunking Economics" tiene otros muchos contenidos además de los aquí escogidos como eje vertebrador de nuestra exposición. El lector debe conocerlos, y para ello cuenta con la inestimable ayuda de un sitio web ( www.debunking-economics.com) que no sólo los expone y amplia con razonamientos matemáticos, sino que incorpora lecciones del autor que son tremendamente útiles para el estudioso y para el estudiante. Un auténtico regalo sólo posible en esta era de Internet. Yo invito decididamente a los estudiantes a que lean el libro y a que frecuenten el sitio, y estoy seguro de que los profesores deberán también acabar haciéndolo si no quieren verse en más de un apuro.

Alberto Alberdi Larizgoitia
19-06-2002

www.economiavasca.net